domingo, 24 de marzo de 2013

Adaptación (Marco Aurelio)

En el sentido de que debemos hacer el bien a los hombres y soportarlos, el hombre es lo más ligado a nosotros.Pero en el sentido de que algunos puedan serme obstáculos para llevar a cabo las tareas que me son propias, me resultan tan indiferentes como podrían serlo el sol, el viento o una bestia salvaje. A causa de ellos, alguna de mis acciones podría verse estorbada, pero gracias a mi capacidad de adaptación y de respuesta no hay obstáculos a mi impulso y disposición, pues el entendimiento transforma y altera cada obstáculo que se presenta para conseguir el objetivo propuesto, resultando que cada estorbo a una tarea se convierte en una ayuda, y cada obstáculo puesto en el camino se convierte en un impulso (Marco Aurelio, Meditaciones, V-20)

Marco Aurelio (Wikipedia)

viernes, 31 de agosto de 2012

Bertrand Russell: sobre la paternidad


(Del libro La conquista de la felicidad)

De todas las instituciones que hemos heredado del pasado, ninguna está en la actualidad tan desorganizada y mal encaminada como la familia. El amor de los padres a los hijos y de los hijos a los padres puede ser una de las principales fuentes de felicidad, pero lo cierto es que en estos tiempos las relaciones entre padres e hijos son, en el 90 por ciento de los casos, una fuente de infelicidad para ambas partes, y en el 99 por ciento de los casos son una fuente de infelicidad para al menos una de las dos partes. Este fracaso de la familia, que ya no proporciona la satisfacción fundamental que en principio podría proporcionar, es una de las causas más profundas del descontento predominante en nuestra época. El adulto que desea tener una relación feliz con sus hijos o proporcionarles una vida feliz debe reflexionar a fondo sobre la paternidad; y después de reflexionar, debe actuar con inteligencia. El tema de la familia es demasiado amplio para tratarlo en este libro, excepto en relación con nuestro problema particular, que es la conquista de la felicidad. E incluso en relación con este problema, solo podemos hablar de mejoras que estén al alcance de cada individuo, sin tener que alterar la estructura social. Por supuesto, esta es una grave limitación, porque las causas de infelicidad familiar en nuestros tiempos son de tipos muy diversos: psicológicas, económicas, sociales, de educación y políticas. En los sectores más acomodados de la sociedad, dos causas se han combinado para hacer que las mujeres consideren la maternidad como una carga mucho más pesada que lo que era en tiempos pasados. Estas dos causas son: por una parte, el acceso de las mujeres solteras al trabajo profesional; y por otra parte, la decadencia del servicio doméstico. En los viejos tiempos, las mujeres se veían empujadas al matrimonio para huir de las insoportables condiciones de vida de las solteronas. La solterona tenía que vivir en casa, dependiendo económicamente, primero del padre y después de algún hermano mal dispuesto. No tenía nada que hacer para ocupar sus días y carecía de libertad para pasarlo bien fuera de las paredes protectoras de la mansión familiar. No tenía oportunidad ni inclinación hacia las aventuras sexuales, que consideraba una abominación excepto en el seno del matrimonio. Si, a pesar de todas las salvaguardas, perdía su virtud a causa de los engaños de algún astuto seductor, su situación se hacía lamentable en extremo. 
[...]
La soltera moderna no considera necesario morir en estas circunstancias. Si ha tenido una buena educación, no le resulta difícil vivir con desahogo, y así no necesita la aprobación de los padres. Desde que los padres han perdido el poder económico sobre sus hijas, se abstienen mucho más de expresar su desaprobación moral de lo que estas hacen; no tiene mucho sentido regañar a una persona que no se va a quedar a que la regañen. De este modo, la joven soltera que tiene una profesión puede ya, si su inteligencia y su atractivo no están por debajo de la media, disfrutar de una vida agradable en todos los aspectos, con tal de que no ceda al deseo de tener hijos. Pero si se deja vencer por este deseo, se verá obligada a casarse y casi con seguridad perderá su empleo. Y entonces descenderá a un nivel de vida mucho más bajo que aquel al que estaba acostumbrada, porque lo más probable es que el marido no gane más de lo que ganaba ella antes, y con eso hay que mantener a toda una familia en lugar de a una mujer sola. Después de haber gozado de independencia, le resulta humillante tener que mirar hasta el último céntimo en los gastos necesarios. Por todas estas razones, a estas mujeres les cuesta decidirse a ser madres. La que, a pesar de todo, da el paso, tiene que afrontar un nuevo y abrumador problema que no tenían las mujeres de anteriores generaciones: la escasez y mala calidad del servicio doméstico. Como consecuencia, queda atada a su casa, obligada a realizar mil tareas triviales, indignas de sus aptitudes y su formación; y si no las hace ella misma, se amarga el carácter riñendo a criadas negligentes. En lo referente al cuidado físico de los hijos, si se ha tomado la molestia de informarse bien del asunto, decidirá que es imposible, sin grave riesgo de desastre, confiar los niños a una niñera o incluso dejar en manos de otros las más elementales precauciones en cuestión de limpieza e higiene, a menos que pueda permitirse pagar a una niñera que haya estudiado en alguna institución cara. Abrumada por una masa de detalles insignificantes, tendrá mucha suerte si no pierde pronto todo su encanto y tres cuartas partes de su inteligencia. Muy a menudo, por el mero hecho de estar realizando tareas necesarias, estas mujeres se convierten en un fastidio para sus maridos y una molestia para sus hijos. Cuando llega la noche y el marido vuelve del trabajo, la mujer que habla de sus problemas domésticos resulta aburrida, y la que no habla parece distraída. En relación con los hijos, los sacrificios que tuvo que hacer para tenerlos están tan presentes en su mente que es casi seguro que exija una recompensa mayor de la que sería lógico esperar; y el constante hábito de atender a detalles triviales la volverá quisquillosa y mezquina. Esta es la más perniciosa de todas las injusticias que tiene que sufrir: que precisamente por cumplir con su deber para con su familia pierde el cariño de esta, mientras que si no se hubiera preocupado por ellos y hubiera seguido siendo alegre y encantadora, probablemente la seguirían queriendo.3
Estos problemas son básicamente económicos, lo mismo que otro que es casi igual de grave. Me refiero a las dificultades para encontrar vivienda, a consecuencia de la concentración de población en las grandes ciudades. En la Edad Media, las ciudades eran tan rurales como lo es ahora el campo. 
[...]
Los pueblos no eran muy grandes, era fácil salir de ellos y no era nada raro que muchas casas tuvieran huertos. En la Inglaterra actual, la preponderancia de la población urbana sobre la rural es absoluta. En Estados Unidos esta preponderancia no es aún tan grande, pero va aumentando con rapidez. Ciudades como Londres y Nueva York son tan grandes que se tarda mucho tiempo en salir de ellas. Los que viven en la ciudad suelen tener que conformarse con un piso que, por supuesto, no tiene ni un centímetro cuadrado de tierra al lado, y la gente con pocos medios económicos tiene que conformarse con un espacio mínimo. Si hay niños, la vida en un piso es dura. No hay espacio para que los niños jueguen, ni hay espacio para que los padres escapen del ruido que hacen los niños. Como consecuencia, los profesionales tienden cada vez más a vivir en los suburbios. Indudablemente, esto es mejor desde el punto de vista de los niños, pero aumenta considerablemente la fatiga del padre y disminuye mucho su participación en la vida familiar.
Sin embargo, no es mi intención comentar estos graves problemas económicos, ya que son ajenos al problema que nos interesa: qué puede hacer el individuo aquí y ahora para encontrar la felicidad. Nos aproximaremos más a este problema si consideramos las dificultades psicológicas que existen actualmente en las relaciones entre padres e hijos. Dichas dificultades forman parte de los problemas planteados por la democracia. [...]

El cambio en las relaciones entre padres e hijos es un ejemplo particular de la expansión general de la democracia. Los padres ya no están seguros de sus derechos frente a sus hijos; los hijos ya no sienten que deban respeto a sus padres. La virtud de la obediencia, que antes se exigía sin discusión, está pasada de moda, y es justo que así sea. El psicoanálisis ha aterrorizado a los padres cultos, que temen hacer daño a sus hijos sin querer. Si los besan, pueden generar un complejo de Edipo; si no los besan, pueden provocar ataques de celos. Si ordenan a los hijos hacer ciertas cosas, pueden inculcarles un sentimiento de pecado; si no lo hacen, los niños pueden adquirir hábitos que los padres consideran indeseables. Cuando ven a su bebé chupándose el pulgar, sacan toda clase de aterradoras inferencias, pero no saben qué hacer para impedírselo. La paternidad, que antes era un triunfal ejercicio de poder, se ha vuelto timorata, ansiosa y llena de dudas de conciencia. Se han perdido los sencillos placeres del pasado, y eso ha ocurrido precisamente en un momento en que, debido a la nueva libertad de las mujeres solteras, la madre ha tenido que sacrificar mucho más que antes al decidirse a ser madre. En estas circunstancias, las madres conscientes exigen muy poco a sus hijos, y las madres inconscientes les exigen demasiado. Las madres conscientes reprimen su cariño natural y se vuelven tímidas; las inconscientes buscan en sus hijos una compensación por los placeres a los que han tenido que renunciar. En el primer caso, la parte afectiva del niño queda desatendida; en el segundo, recibe una estimulación excesiva. En ninguno de los dos casos queda nada de aquella felicidad simple y natural que la familia puede proporcionar cuando funciona bien. En vista de todos estos problemas, ¿es de extrañar que disminuya la tasa de natalidad? El descenso de la tasa de natalidad en la población en general ha alcanzado un punto que índica que la población empezará pronto a decrecer, pero entre las clases acomodadas este punto se superó hace mucho, no solo en un país, sino en prácticamente todos los países más civilizados. [...] No cabe duda de que la civilización creada por las razas blancas tiene esta curiosa característica: a medida que los hombres y las mujeres la adoptan, se vuelven estériles. Los más civilizados son los más estériles; los menos civilizados son los más fértiles; y entre los dos hay una gradación continua. En la actualidad, los sectores más inteligentes de las naciones occidentales se están extinguiendo. Dentro de pocos años, las naciones occidentales en conjunto verán disminuir sus poblaciones, a menos que las repongan con inmigrantes de zonas menos civilizadas. Y en cuanto los inmigrantes absorban la civilización de su país adoptivo, también ellos se volverán relativamente estériles. Está claro que una civilización con esta característica es inestable; si no se la puede inducir a reproducirse, tarde o temprano se extinguirá y dejará sitio a otra civilización en que el instinto de paternidad haya conservado la fuerza suficiente para impedir que la población disminuya.

En todos los países occidentales, los moralistas oficiales han procurado resolver este problema mediante exhortaciones y sentimentalismos. 
[...] 
Muy pocos hombres y mujeres tendrán hijos movidos por su sentido del deber social, aunque estuviera claro que existe dicho deber social, que no lo está. Cuando los hombres y las mujeres tienen hijos, lo hacen porque creen que los hijos contribuirán a su felicidad o porque no saben cómo evitarlo. Esta última razón todavía influye mucho, aunque su influencia va disminuyendo rápidamente. Y no hay nada que el Estado y las Iglesias puedan hacer para evitar que esta tendencia continúe. Por tanto, si se quiere que las razas blancas sobrevivan, es necesario que la paternidad vuelva a ser capaz de hacer felices a los padres.

Si consideramos la condición humana prescindiendo de las circunstancias actuales, creo que está claro que la paternidad es psicológicamente capaz de proporcionar la mayor y más duradera felicidad que se puede encontrar en la vida. Sin duda, esto se aplica más a las mujeres que a los hombres, pero también se aplica a los hombres mucho más de lo que tienden a creer casi todos los modernos. Es algo que se da por supuesto en casi toda la literatura anterior a nuestra época. Hécuba se preocupa más de sus hijos que de Príamo; MacDuff quiere más a sus hijos que a su esposa. En el Antiguo Testamento, hombres y mujeres desean fervientemente dejar descendencia; en China y Japón esta actitud ha persistido hasta nuestros días. Se dirá que este deseo se debe al culto a los antepasados, pero yo creo que ocurre precisamente lo contrario: que el culto a los antepasados es un reflejo del interés que se pone en la persistencia de la familia. Volviendo a las mujeres profesionales de las que hablábamos hace poco, está claro que el instinto de tener hijos debe de ser muy fuerte, pues de lo contrario ninguna de ellas haría los sacrificios que son necesarios para satisfacerlo. En mi caso personal, la paternidad me ha proporcionado una felicidad mayor que ninguna otra de las que he experimentado. Creo que cuando las circunstancias obligan a hombres o mujeres a renunciar a esta felicidad, les queda una necesidad muy profunda sin satisfacer, y esto provoca una sensación de descontento e indiferencia cuya causa puede permanecer totalmente desconocida. Para ser feliz en este mundo, sobre todo cuando la juventud ya ha pasado, es necesario sentir que uno no es solo un individuo aislado cuya vida terminará pronto, sino que forma parte del río de la vida, que fluye desde la primera célula hasta el remoto y desconocido futuro. Como sentimiento consciente, expresado en términos rigurosos, está claro que esto conlleva una visión del mundo intelectual e hipercivilizada; pero como vaga emoción instintiva es algo primitivo y natural, y lo hipercivilizado es no sentirla. Un hombre capaz de grandes logros, tan notables que dejen huella en épocas futuras, puede satisfacer esta tendencia por medio de su trabajo, pero para los hombres y mujeres que carezcan de dotes excepcionales, el único modo de lograrlo es tener hijos. Los que han dejado que se atrofien sus impulsos procreativos se han separado del río de la vida, y al hacerlo corren grave peligro de desecarse. Para ellos, a menos que sean excepcionalmente impersonales, con la muerte se acaba todo. El mundo que habrá después de ellos no les interesa y por eso les parece que todo lo que hagan es trivial y sin importancia. Para el hombre o la mujer que tiene hijos y nietos y los quiere con cariño natural, el futuro es importante, por lo menos hasta donde duren sus vidas, no solo por motivos morales o por un esfuerzo de la imaginación, sino de un modo natural e instintivo. Y el hombre que ha podido extender tanto sus intereses, más allá de su vida personal, casi seguro que puede extenderlos aún más. Como a Abraham, le producirá satisfacción pensar que sus descendientes heredarán la tierra prometida, aunque esto tarde muchas generaciones en ocurrir. Y gracias a estos sentimientos, se salva de la sensación de futilidad que de otro modo apagaría todas sus emociones.
La base de la familia es, por supuesto, el hecho de que los padres sienten un tipo especial de cariño por sus hijos, diferente del que sienten entre ellos y del que sienten por otros niños. Es cierto que algunos padres tienen muy poco o ningún amor paterno, y también es cierto que algunas mujeres son capaces de querer a los niños ajenos casi tanto como quieren a los suyos propios. No obstante, sigue en pie el hecho general de que el amor de los padres es un tipo especial de sentimiento que el ser humano normal experimenta hacia sus propios hijos, pero no hacia ningún otro ser humano. Esta emoción la hemos heredado de nuestros antepasados animales. En este aspecto, me parece que la visión de Freud no era suficientemente biológica, pues cualquiera que observe a una madre animal con sus crías puede advertir que su comportamiento para con ellas sigue una pauta totalmente diferente de la de su comportamiento para con el macho con el que tiene relaciones sexuales. Y esta misma pauta diferente e instintiva, aunque en una forma modificada y menos definida, se da también en los seres humanos. Si no fuera por esta emoción especial, no habría mucho que decir sobre la familia como institución, ya que se podría dejar a los niños al cuidado de profesionales. Pero, tal como son las cosas, el amor especial que los padres sienten por sus hijos, siempre que sus instintos no estén atrofiados, tiene un gran valor para los padres mismos y para los hijos. Para los hijos, el valor del amor de los padres consiste principalmente en que es más seguro que cualquier otro afecto. Uno gusta a sus amigos por sus méritos, y a sus amantes por sus encantos; si los méritos o los encantos disminuyen, los amigos y los amantes pueden desaparecer. Pero es precisamente en los momentos de desgracia cuando más se puede confiar en los padres: en tiempos de enfermedad e incluso de vergüenza, si los padres son como deben ser. Todos sentimos placer cuando somos admirados por nuestros méritos, pero en el fondo solemos ser bastante humildes para darnos cuenta de que esa admiración es precaria. Nuestros padres nos quieren porque somos sus hijos, y esto es un hecho inalterable, de modo que nos sentimos más seguros con ellos que con cualquier otro. En tiempos de éxito, esto puede no parecer importante, pero en tiempos de fracaso proporciona un consuelo y una seguridad que no se encuentran en ninguna otra parte.

En todas las relaciones humanas es bastante fácil garantizar la felicidad de una parte, pero es mucho más difícil garantizar la felicidad de las dos. El carcelero puede disfrutar manteniendo encerrado al preso; el jefe puede gozar intimidando al empleado; el dictador puede disfrutar gobernando a sus súbditos con mano dura; y, sin duda, el padre a la antigua usanza disfrutaba instilando virtud a sus hijos con ayuda de un palo. Sin embargo, estos placeres son unilaterales; para la otra parte del negocio la situación es menos agradable. Hemos acabado por convencernos de que estos placeres unilaterales tienen algo que no resulta satisfactorio: creemos que una buena relación humana debería ser satisfactoria para las dos partes. Esto se aplica sobre todo a las relaciones entre padres e hijos, y el resultado es que los padres obtienen mucho menos placer que antes, mientras que los hijos sufren menos a manos de sus padres que en generaciones pasadas. Yo no creo que exista alguna razón real para que los padres obtengan menos felicidad de sus hijos que en otras épocas, aunque está claro que es lo que ocurre en la actualidad. Tampoco creo que exista ninguna razón para que los padres no puedan aumentar la felicidad de sus hijos. Pero esto exige, como todas las relaciones de igualdad a las que aspira el mundo moderno, cierta delicadeza y ternura, cierto respeto por la otra personalidad, y la belicosidad de la vida normal no favorece esto, ni mucho menos. [...]

La raíz primitiva del placer de la paternidad es dual. Por un lado está la sensación de que una parte del propio cuerpo se ha exteriorizado, prolongando su vida más allá de la muerte del resto de nuestro cuerpo, y con posibilidades de exteriorizar a su vez parte de sí misma del mismo modo, y de esta manera asegurar la inmortalidad del plasma germinal. Por otro lado hay una mezcla perfecta de poder y ternura. La nueva criatura está indefensa y sentimos el impulso de atender sus necesidades, un impulso que no solo satisface el amor de los padres por el niño, sino también el deseo de poder de los padres. Mientras el niño no pueda valerse por sí mismo, las atenciones que se le dedican no son altruistas, ya que equivale a proteger una parte vulnerable de uno mismo. [...]

miércoles, 22 de agosto de 2012

Russell: afecto y seguridad


Los que se enfrentan a la vida con sensación de seguridad son mucho más felices que los que la afrontan con sensación de inseguridad, siempre que esa sensación de seguridad no los conduzca al desastre. Y en muchísimos casos, aunque no en todos, la misma sensación de seguridad les ayuda a escapar de peligros en los que otros sucumbirían. Si uno camina sobre un precipicio por una tabla estrecha, tendrá muchas más probabilidades de caerse si tiene miedo que si no lo tiene. Y lo mismo se aplica a nuestro comportamiento en la vida. Por supuesto, el hombre sin miedo puede toparse de pronto con el desastre, pero es probable que salga indemne de muchas situaciones difíciles, en las que un tímido lo pasaría muy mal. Como es natural, este tipo tan útil de confianza en uno mismo adopta innumerables formas. Unos se sienten confiados en las montañas, otros en el mar y otros en el aire. Pero la confianza general en uno mismo es consecuencia, sobre todo, de estar acostumbrado a recibir todo el afecto que uno necesita. Y de este hábito mental, considerado como una fuente de entusiasmo, es de lo que quiero hablar en el presente capítulo.

Lo que causa esta sensación de seguridad es el afecto recibido, no el afecto dado, aunque en la mayor parte de los casos suele ser un cariño recíproco. Hablando en términos estrictos, no es solo el afecto, sino la admiración, lo que produce estos resultados. Las personas que por profesión tienen que ganarse la admiración del público, como los actores, predicadores, oradores y políticos, dependen cada vez más del aplauso. Cuando reciben el ansiado premio de la aprobación pública, sus vidas se llenan de entusiasmo; cuando no lo reciben, viven descontentos y reconcentrados. La simpatía difusa de una multitud es para ellos lo que para otros el cariño concentrado de unos pocos. El niño cuyos padres le quieren acepta su cariño como una ley de la naturaleza. No piensa mucho en ello, aunque sea muy importante para su felicidad. Piensa en el mundo, en las aventuras que le van ocurriendo y en las aventuras aún más maravillosas que le ocurrirán cuando sea mayor. Pero detrás de todos estos intereses exteriores está la sensación de que el amor de sus padres le protegerá contra todo desastre. El niño al que, por alguna razón, le falta el amor paterno, tiene muchas posibilidades de volverse tímido y apocado, lleno de miedos y autocompasión, y ya no es capaz de enfrentarse al mundo con espíritu de alegre exploración. Estos niños pueden ponerse a meditar sorprendentemente pronto sobre la vida, la muerte y el destino humano. Al principio, se vuelven introvertidos y melancólicos, pero a la larga buscan el consuelo irreal de algún sistema filosófico o teológico. El mundo es un lugar muy confuso que contiene cosas agradables y cosas desagradables mezcladas al azar. Y el deseo de encontrar una pauta o un sistema inteligible es, en el fondo, consecuencia del miedo; de hecho, es como una agorafobia o miedo a los espacios abiertos. Entre las cuatro paredes de su biblioteca, el estudiante tímido se siente a salvo. Si logra convencerse de que el universo está igual de ordenado, se sentirá casi igual de seguro cuando tenga que aventurarse por las calles. Si estos hombres hubieran recibido más cariño tendrían menos miedo del mundo y no habrían tenido que inventar un mundo ideal para sustituir al real en sus mentes.


Sin embargo, no todo cariño tiene este efecto de animar a la aventura. El afecto que se da debe ser fuerte y no tímido, desear la excelencia del ser amado más que su seguridad, aunque, por supuesto, no sea indiferente a la seguridad. La madre o niñera timorata, que siempre está advirtiendo a los niños de los desastres que pueden ocurrirles, que piensa que todos los perros muerden y que todas las vacas son toros, puede infundirles aprensiones iguales a las suyas, haciéndoles sentir que nunca estarán a salvo si se apartan de su lado. A una madre exageradamente posesiva, esta sensación por parte del niño puede resultarle agradable: le interesa más que el niño dependa de ella que su capacidad para enfrentarse al mundo. En este caso, lo más probable es que a largo plazo al niño le vaya aún peor que si no le hubieran querido nada. Los hábitos mentales adquiridos en los primeros años tienden a persistir toda la vida.

(Bertrand Russell, La Conquista de la Felicidad)

jueves, 9 de agosto de 2012

Bertrand Russell: sobre el amor

Uno de los capítulos más patéticos del señor Krutch trata del tema del amor. Parece que los Victorianos tenían un concepto muy elevado del amor, pero que nosotros, con nuestra sofisticación moderna, lo hemos perdido. «Para los Victorianos más escépticos, el amor cumplía algunas de las funciones del Dios que habían perdido. Ante él, muchos, incluso los más curtidos, se volvían místicos por un momento. Se encontraban en presencia de algo que despertaba en ellos esa sensación de reverencia que ninguna otra cosa produce, algo ante lo que sentían, aunque fuera en lo más profundo de su ser, que se le debía una lealtad a toda prueba. Para ellos, el amor, como Dios, exigía toda clase de sacrificios; pero, también como Él, premiaba al creyente infundiendo en todos los fenómenos de la vida un significado que aún está por analizar. Nos hemos acostumbrado —más que ellos— a un universo sin Dios, pero aún no nos hemos acostumbrado a un universo donde tampoco haya amor, y sólo cuando nos acostumbremos nos daremos cuenta de lo que significa realmente el ateísmo». Es curioso lo diferente que parece la época victoriana a los jóvenes de nuestro tiempo, en comparación con lo que parecía cuando uno vivía en ella. Recuerdo a dos señoras mayores, ambas típicas de ciertos aspectos del período, que conocí cuando era joven. Una era puritana y la otra seguidora de Voltaire. La primera se lamentaba de que hubiera tanta poesía que trataba del amor, siendo éste, según ella, un tema sin interés. La segunda comentó: «De mí, nadie podrá decir nada, pero yo siempre digo que no es tan malo violar el sexto mandamiento como violar el séptimo, porque al fin y al cabo se necesita el consentimiento de la otra parte». Ninguna de estas opiniones coincidía con lo que el señor Krutch presenta como típicamente Victoriano. Evidentemente, ha sacado sus ideas de ciertos autores que no estaban, ni mucho menos, en armonía con su ambiente. El mejor ejemplo, supongo, es Robert Browning. Sin embargo, no puedo evitar estar convencido de que hay algo que atufa en su concepto del amor.

Gracias a Dios, la más ruin de sus criaturas
puede jactarse de tener dos facetas en su alma:
una con la que se enfrenta al mundo
y otra que mostrar a una mujer cuando la ama.

Esto da por supuesto que la combatividad es la única actitud posible hacia el mundo en general. ¿Por qué? Porque el mundo es cruel, diría Browning. Porque no te aceptará con el valor que tú te atribuyes, diríamos nosotros. Una pareja puede formar, como hicieron los Browning, una sociedad de admiración mutua. Es muy agradable tener a mano a alguien que siempre va a elogiar tu obra, tanto si lo merece como si no. Y no cabe duda de que Browning se consideraba un buen tipo, todo un hombre, cuando denunció a Fitzgerald en términos nada moderados por haberse atrevido a no admirar a Aurora Leigh. Pero no me parece que esta completa suspensión de la facultad crítica por ambas partes sea verdaderamente admirable. Está muy relacionada con el miedo y con el deseo de encontrar un refugio contra las frías ráfagas de la crítica imparcial. Muchos solterones aprenden a obtener la misma satisfacción en su propio hogar. Yo viví demasiado tiempo en la época victoriana para ser moderno según los criterios del señor Krutch. No he dejado de creer en el amor, ni mucho menos, pero la clase de amor en que creo no es del tipo que admiraban los Victorianos; es aventurero y siempre alerta, y aunque es consciente de lo bueno, eso no significa que ignore lo malo, ni pretende ser sagrado o santo. La atribución de estas cualidades al tipo de amor que se admiraba fue una consecuencia del tabú del sexo. Los Victorianos estaban plenamente convencidos de que casi todo el sexo es malo, y tenían que aplicar adjetivos exagerados a las modalidades que podían aprobar. Había más hambre de sexo que ahora, y esto, sin duda, hacía que la gente exagerara la importancia del sexo, como han hecho siempre los ascéticos. En la actualidad, atravesamos un período algo confuso, en el que mucha gente ha prescindido de los antiguos criterios sin adoptar otros nuevos. Esto les ha ocasionado diversos problemas, y como su subconsciente, en general, sigue creyendo en los viejos criterios, los problemas, cuando surgen, provocan desesperación, remordimiento y cinismo. No creo que sea muy grande el número de personas a las que les sucede esto, pero son de las que más ruido hacen en nuestra época. Creo que si comparásemos la juventud acomodada de nuestra época con la de la época victoriana, veríamos que ahora hay mucha más felicidad en relación con el amor, y mucha más fe auténtica en el valor del amor que hace sesenta años. Las razones que empujan al cinismo a ciertas personas tienen que ver con el predominio de los viejos ideales sobre el subconsciente y con la ausencia de una ética racional que permita a la gente de nuestros días regular su conducta. El remedio no está en lamentarse y sentir nostalgia del pasado, sino en aceptar valerosamente el concepto moderno y decidirse a arrancar de raíz, en todos sus oscuros escondites, las supersticiones oficialmente descartadas.

No es fácil decir en pocas palabras por qué valora uno el amor; no obstante, lo voy a intentar. El amor hay que valorarlo en primer lugar —y este, aunque no es su mayor valor, es imprescindible para todos los demás— como fuente de placer en sí mismo.

¡Oh, amor! Qué injustos son contigo
los que dicen que tu dulzura es amarga,
cuando tus ricos frutos son de tal manera
que no puede existir nada tan dulce.

El autor anónimo de estos versos no buscaba una solución para el ateísmo, ni la clave del universo; estaba simplemente pasándoselo bien. Y el amor no sólo es una fuente de placer, sino que su ausencia es una fuente de dolor. En segundo lugar, el amor hay que valorarlo porque acentúa todos los mejores placeres, como el de la música, el de la salida del sol en las montañas y el del mar bajo la luna llena. Un hombre que nunca haya disfrutado de las cosas bellas en compañía de una mujer a la que ama, no ha experimentado plenamente el poder mágico del que son capaces dichas cosas. Además, el amor es capaz de romper la dura concha del ego, ya que es una forma de cooperación biológica en la que se necesitan las emociones de cada uno para cumplir los objetivos instintivos del otro. Se han dado en el mundo, en diversas épocas, varias filosofías de la soledad, algunas muy nobles y otras menos. Los estoicos y los primeros cristianos creían que el hombre podía experimentar el bien supremo que se puede experimentar en la vida humana mediante el simple ejercicio de su propia voluntad o, en cualquier caso, sin ayuda humana; otros han tenido como único objetivo de su vida el poder, y otros el mero placer personal. Todos estos son filósofos solitarios, en el sentido de suponer que el bien es algo realizable en cada persona por separado, y no sólo en una sociedad de personas más grande o más pequeña. En mi opinión, todos estos puntos de vista son falsos, y no sólo en teoría ética, sino como expresiones de la mejor parte de nuestros instintos. El hombre depende de la cooperación, y la naturaleza le ha dotado, es cierto que no del todo bien, con el aparato instintivo del que puede surgir la cordialidad necesaria para la cooperación. El amor es la primera y la más común de las formas de emoción que facilitan la cooperación, y los que han experimentado el amor con cierta intensidad no se conformarán con una filosofía que suponga que el mayor bien consiste en ser independiente de la persona amada. En este aspecto, el amor de los padres es aún más poderoso, pero en los mejores casos el sentimiento parental es consecuencia del amor entre los padres. No pretendo decir que el amor, en su forma más elevada, sea algo común, pero sí sostengo que en su forma más elevada revela valores que de otro modo no se llegarían a conocer, y que posee en sí mismo un valor al que no afecta el escepticismo, por mucho que los escépticos incapaces de experimentarlo atribuyan falsamente su incapacidad a su escepticismo.

El amor verdadero es un fuego perdurable
que arde eternamente en la mente.
Nunca enferma, nunca muere, nunca se enfría,
nunca se niega a sí mismo.

Bertrand RUSSELL, La conquista de la felicidad.

miércoles, 4 de enero de 2012

El tiempo no es oro

No, no lo es, en contra de lo que nos quieren hacer creer los guionistas de la película "In Time". Algunas críticas hablan de esta película diciendo que, a pesar de partir de una buena idea, degenera en una mera película de persecuciones con chico, chica y malo de por medio.

La susodicha idea es, en líneas generales, que en un futuro no muy lejano la medicina ha avanzado lo suficiente como para evitar el envejecimiento, es decir, como para hacernos inmortales. Sin embargo, como eso de la eternidad iba a resultar un tanto aburrido, siempre con lo mismo, siempre con lo mismo (...) algún iluminado decidió dotar a cada humano de un reloj fosforito en el brazo izquierdo. Ese reloj marca el tiempo de vida que le queda a cada individuo, useasé que va descontándose. Sin embargo se puede conseguir tiempo extra, como en los videojuegos; ¿cómo? pues a través de la muñeca derecha; ¿de dónde? de la muñeca derecha de otra persona o de maquinitas dispensadoras de tiempo. Con estas premisas se construye todo un sistema económico, pues el tiempo se utiliza como moneda de cambio.

Esta idea de partida, curiosa, dota de un sentido completamente nuevo, a veces gracioso, a veces trágico, a frases como "no tengo tiempo que perder", "dame tiempo" o "¿tienes un minuto?" Pues es vida y dinero de aquello de lo que se está hablando.

La crítica que sostenemos contra la idea es que ésta ni siquiera es una buena idea, pues económicamente resulta inviable, aunque aparentemente resulte plausible, ideologizados, como estamos, por la vertiente financiera de la economía donde el dinero consiste en cifras que pasan de un sitio a otro constituyendo lo que se denomina flujos de capital. Es más, al igual que en la película, en la que los individuos mueren cuando el reloj les llega a cero, nuestra cuenta también puede llegar a cero y, quizá un poco más tarde, terminar muriendo nosotros.

La diferencia entre nuestra cuenta bancaria y el reloj de los habitantes del gueto de Dayton es que mientras que nuestras cifras van pasando a otras cuentas, las suyas se van perdiendo, desapareciendo en la nada. Curiosa propiedad de esa fantástica moneda: el tiempo.

Que nadie pretenda realizar un análisis de la película en términos económicos marxistas, pues las premisas de las que se parten son, precisamente, opuestas a las de Marx y, en general, a toda la Economía clásica. Y es que, según la Economía clásica, una de las propiedades más apreciadas de los elementos usados como moneda era, precisamente, su carácter no perecedero.

Cuando surgen los Estados y estos empiezan a acuñar monedas lo que necesitan es un elemento no perecedero y no consumible para controlar las cantidades que se emiten. En un momento muy posterior de la historia aparece el papel moneda, un papel que, aunque resistente, sí es perecedero y fácilmente destructible, pero para entonces los bancos centrales ya tenían métodos estadísticos para saber cuánto papel moneda desaparecía por unidad de tiempo. Muy posteriormente aparece el dinero electrónico, el que todos usamos hoy. Y sabemos que ese dinero va y viene pero no desaparece... Salvo en las pesadillas holywoodienses donde a algún sujeto bien situado y bien parecido le quitan su identidad y sus cuentas corrientes, o sea, le convierten en un cadáver andante, un zombi moderno.

El problema de una moneda que se consume o desaparece paulatinamente es que se revaloriza con relación a los demás productos: si antes con un euro se compraba un café, tras la revalorización se puede comprar dos. Lo cual supondría una devaluación de los productos, aunque esto, al ser igual para todos los productos no debería constituir un problema; el verdadero problema es que hay menos moneda para realizar las transacciones comerciales, es decir, falta de liquidez. Si a eso le añadimos el problema del crédito para la buena marcha de la economía, resulta que el crédito se reduciría. ¿Nos suena esto de algo? Aunque el problema actual no es que no haya dinero; es que los bancos no lo sueltan. Que se lo pregunten a los lorquinos, que después del terremoto los bancos no les dan los créditos que aprobó el Consorcio de Seguros.

Si la moneda desaparecía el banco central la reponía. En "In Time" la moneda desaparece, pero ¿quién la repone? Nadie, al menos no aparece en la película. Existen flujos de tiempo de las zonas ricas a las pobres. Pero, ¿de dónde sacan el tiempo las clases ricas? ¿lo poseen desde siempre? Los magnates consiguen el tiempo gracias a sus negocios. Podrán ser más o menos rácanos al pagar a los trabajadores, pero ese tiempo con el que pagan les pagan procederá de la venta de los productos que fabrican. Esas ventas se realizarán, fundamentalmente, en las zonas ricas, porque un trabajador del gueto que produzca una camisa, pongamos que en media hora, recibirá un salario de al menos la media hora consumida (para seguir vivo y trabajando durante media hora más) más un plus que gastará (como moneda) en las necesidades básicas (comida, alojamiento, ropa...), más otro plus que gastará (como tiempo de vida) en la satisfacción de dichas necesidades. Este monto de tiempo son los costes de producción de la camisa, con lo cual el trabajador del gueto no puede llegar a comprarla porque al menos el tiempo consumido en su propia vida ya lo habría gastado. Es sólo el plus que se le paga para cubrir sus necesidades aquello con lo que podría comprar otras cosas, pero sólo si el plus fuera superior a lo que cuestan los productos básicos. Ahora bien, ¿quién produce estos productos para que puedan salir tan baratos? ¿Máquinas? ¿Esclavos? Incluso los esclavos necesitan tiempo ¿Esclavos a los que nada se les paga y mueren en la cadena de montaje? Nada de esto aparece en la película. En cualquier caso nunca podría un trabajador llegar a comprarse algo producido por él mismo.

Para ser honestos, esto también lo decía Marx, pues sostenía que a los obreros siempre se les pagaba en el nivel de subsistencia y que esto era posible debido a que el ser humano es capaz de producir por encima del valor de los productos de subsistencia. Para Marx el valor de las cosas consiste en el tiempo medio (a nivel social) que cuesta producirlas, de modo que si los productos de subsistencia que un trabajador necesita para pasar un día cuestan tres horas de trabajo, él es capaz de producir durante diez horas; la diferencia es lo que se conoce por plusvalía. Lo mínimo que el empresario podría (en este caso) pagar al trabajador serían tres horas, lo máximo diez (en cuyo caso no obtendría beneficio). El empresario podría intentar vender las cosas por encima de su valor, pero debido a la competencia las cosas tienden a venderse por ese valor. Así pues, el beneficio que obtiene el empresario está en función de la plusvalía que se apropie. Según los marxistas el Estado del Bienestar consistiría en ir arañando al Capital la plusvalía de la que se apropia; el actual retroceso es la recuperación de terreno por parte del Capital.

[Al margen: según George Bataille la capacidad de generar plusvalía del trabajador se debe a que no se tienen en cuenta los tiempos de trabajo de los organismos animales y vegetales. Si se tuvieran en cuenta se vería que en realidad el saldo es negativo: en términos energéticos consumimos mucho más de lo que producimos, lo cual es lógico, pues en el proceso de producción se gasta energía en forma de calor cedido al ambiente. ]

Sin embargo, todo esto, de ser así, lo sería porque el tiempo aún siendo la magnitud del valor no es la moneda misma. La moneda sería el oro, por ejemplo, que rodaría de mano en mano sin que, por ello, perdiera valor. Pongámonos en una hipótesis, similar a la de la película, en la que el tiempo es un bien escaso pero no es la moneda misma, es decir, que podría utilizarse la moneda para comprar tiempo y alargar la vida de las personas.  ¿Soluciona esto el problema que teníamos? La moneda no se desgasta, es siempre la misma y siempre está en circulación, con lo cual se solucionan los problemas monetarios (falta de liqidez, deflación...). Pero no se soluciona el problema de fondo, que es el del valor de las cosas.

¿Cuánto apreciamos nuestro tiempo de vida? Probablemente la respuesta a esta pregunta esté en función de la inminencia de nuestra muerte: cuanto más cerca veamos a la parca más valor daremos al tiempo. Pero dar valor al tiempo supone, en primer lugar, aprovecharlo para hacer cosas verdaderamente importantes para nosotros; de modo que, si trabajásemos para ganar más tiempo de vida (tiempo inminente, no por ejemplo a cuatro años vista), al menos deberían pagarnos para conseguir el tiempo de trabajo del día siguiente, medios de vida para aguantar dicho día y un tiempo extra para descansar, consumir esos medios, etc (sin ese tiempo extra el ser humano no se distinguiría de una máquina en la cadena de montaje; incluso los esclavos tenían tiempo libre). Pero entonces estaríamos en la misma situación que en el caso anterior en el que el tiempo mismo es la moneda.

Así pues, al margen de que "In Time" nos presente una metáfora distópica del capitalismo financiero en el que la lucha por la vida es "a contra reloj", también nos ofrece un interesante material sobre el que reflexionar desde la perspectiva económica, una perspectiva que nunca podrá ser pura, sino que se encuentra íntimamente entrelazada con la política.

sábado, 20 de agosto de 2011

Críticas a la trilogía The Matrix

Pues sí, casi ocho años después he decidido ver la saga completa de Matrix. Parece mentira, ¿verdad? Quién lo iba a pensar a tenor de los colores del blog, todo un homenaje a la peli, ¿no? Pues no. Es mera coincidencia, simple gusto por el retrofuturismo estético.

Lo cierto es que siempre me dio pereza debido a las interminables secuencias de luchas y persecuciones que tiene la Reloaded, la segunda parte, pero es que el cine para el gran público es así; el gran público necesita excitarse con escenas de acción, sentir el peligro cuanto más cerca mejor (por eso ahora todo se hace en 3D). Lo de pensar al tiempo de ver una película o al acabarse ésta no se lleva mucho; películas interesantes por lo que ocultan o sugieren como La Guerra de las Galaxias o el Señor de los Anillos se ven rebajadas de nivel por esas interminables batallas donde tiene que morir algún secundario para que se vea que la cosa era seria.

Por comentarios que me hicieron algunos conocidos yo tenía ciertas ideas acerca del sentido último de la saga. Ideas que al ver las películas se vinieron abajo... Salvo que hubiera una cuarta parte. El problema es, sin embargo, que tal y como quedó la saga no estoy de acuerdo con la resolución de la trama ni, mucho menos, con la "interpretación oficial" que se le ha dado. Es más, tras ver las dos últimas partes y leer dichas interpretaciones he quedado completamente indignado (que últimamente se lleva mucho eso de la indignación).

Mucho se ha escrito sobre la interpretación de la saga y yo no he podido leerlo todo, de modo que quizá yerre en algunas de las cosas que voy a decir. Simplemente me voy a ceñir al argumento, no voy a entrar en interpretaciones filosóficas ni, mucho menos, en disquisiciones cinematográficas, aunque algunas referencias habremos de hacer, pues la propia trama de la saga no está al margen de ellas. A este respecto ya escribí un pequeño párrafo en una entrada anterior, si bien sólo se refería a la primera entrega: Acerca del solipsismo.

En dicho texto se ofrecen dos interpretaciones, la cartesiana y la política, aunque caben muchas más, entre ellas la platónica y la judeocristiana (Marcos Morán, "Matrix, creerás lo increíble").

Siguiendo un poco con las interpretaciones, pero entrando ya en materia argumental, hemos de decir que la última interpretación de Marcos Morán es la más acertada a tenor del desarrollo posterior de la saga, pues sólo basta ver a Keanu Reeves vestido de cura cada vez que entra en Matrix y su sacrificio final, cuasi crucificado, para salvar a la humanidad de la aniquilación por parte de las máquinas. Sin embargo, no es esta la interpretación oficial (más adelante hablaremos de esto).

Recordemos a grandes rasgos el argumento de la saga:

En la primera entrega se nos presenta a un individuo, Neo, que sospecha de la misma realidad. Otros individuos entran en contacto con él y, tras un viaje con múltiples referencias a "Alicia en el País de las Maravillas" (por cierto, las referencias a la literatura fantástica y de ciencia ficción es constante, especialmente a la novela "Neuromante", que ya se está rodando), despierta en un mundo completamente distinto, distópico, gobernado por las máquinas, en el que hay humanos que se resisten a esa dominación. Las máquinas extraen su energía de la actividad cerebral (eléctrica) de los humanos, metidos en urnas, pero deben mantenerlos conectados a un mundo virtual para que dicha actividad se mantenga. Dicho mundo virtual es Matrix. El resto de la película es el proceso de iniciación y entrenamiento para que Neo pueda llegar a dominar Matrix y liberar a los humanos. Hay, no obstante dos escenas importantísimas para el desarrollo posterior de la saga y para la interpretación: la existencia del Oráculo y la lucha contra el agente Smith.

Los agentes son programas de la Matrix cuya misión es buscar y eliminar a los intrusos liberados. El agente Smith será el principal enemigo contra el que habrá de luchar Neo; éste le vence desde dentro del mismo Smith destruyendo su código... O eso creemos al terminar la primera parte.

El Oráculo es, en la primera parte, una figura enigmática que dota al filme de un aura escatológico-milenarista, pues trata de la llegada del Elegido, el Mesías, el libertador del pueblo. Si a esto le sumamos el que la ciudad de los hombres libres es Sión (ciudad, por otro lado, también presente en la novela Neuromante), la interpretación judaica parece la más verosímil. Merced al Oráculo, clara referencia al oráculo de Delfos griego con el consabido "Conócete a ti mismo", Neo llegará a saber quién es, a escapar de la caverna y ver la luz (desentrañar el código de la Matrix); llegará a alcanzar la iluminación. Si bien es cierto que dicho carácter mesiánico no se compadece bien con el carácter tecnológico del filme, no es menos cierto que gran parte de la literatura de ciencia ficción sí posee dicho aura milenarista.

En la segunda entrega aparece de nuevo Smith, no se sabe cómo, renacido cual Ave Fénix de sus cenizas y multiplicado cual informático virus, es decir, liberado también del control de la Matrix. Las máquinas han pasado a la ofensiva contra Sión y la cuestión es cómo detenerlas. De esta parte lo cierto es que sólo hay cuatro momentos esenciales para comprender la trama: la existencia de Smith transformado en virus, la conversación de Neo con el Arquitecto de Matrix, la pequeña conversación con el Oráculo y el momento final en el que Neo detiene a una máquina en el mundo real. No obstante, hay otros momentos también importantes para comprender las claves en las que se cifra el planteamiento de la posibilidad de la Inteligencia Artificial, y que es la posibilidad de elegir, la libertad. Sin embargo, vamos a centrarnos en los otros momentos: en la conversación con el Oráculo ésta le viene a decir que ella es un programa; la conversación con el Arquitecto es, a mi entender, junto con el momento en que Neo detiene a la máquina real, la clave de toda la historia y del desarrollo que se hubiera debido seguir en la tercera parte.

El Arquitecto le dice que es la cuarta o quinta vez que se entrevista con él, una por cada versión de la Matrix a partir de la segunda o tercera; están en la sexta versión. El Arquitecto le dice que la Matrix debe ser reiniciada, recargada (reloaded); que Sión será destruida y que ha de elegir a 23 sujetos para refundarla, de manera que las anomalías surgidas en la Matrix (los individuos rebeldes) puedan ser reinsertadas en un sistema controlado. De no hacerlo la anomalía generada por Neo mismo destruirá la Matrix entera junto con toda la humanidad. Neo ha de elegir entre salvar a toda la humanidad y salvar a Trinity que anda por ahí pegándose de hostias con un agente. Por supuesto, salva a Trinity. Después, en el mundo real, Neo detiene a un calamar mecánico con sus poderes. Así, pues, Neo es el Elegido... ¿El Elegido por quién? ¿Por el Arquitecto?

La tercera parte de la saga es el desarrollo de las consecuencias de no haber elegido la recarga de Matrix: por un lado en el mundo real se librará la batalla contra las máquinas en Sión (batalla insufrible donde las haya, similar a la Batalla de los Campos del Pelennor, en El Señor de los Anillos), por otro, en Matrix, Neo deberá luchar contra Smith, que ya se ha extendido por toda Matrix, destruyendo prácticamente todo, y amenazando con extenderse al mundo real de las máquinas. Smith es la anomalía a la que se refería el Arquitecto, pero es una anomalía generada por el propio Neo en su primer enfrentamiento, cuando cree haberle destruido. Simbólicamente Smith es la némesis de Neo, su parte oscura. Neo se dirige a la ciudad de las máquinas donde les propone un trato, que dejen vivir a Sión a cambio de librarles de Smith. Previamente Smith ha conseguido encarnarse en un humano y ha dejado ciego a Neo, pero al igual que en gran parte de las películas de artes marciales, el verdadero iluminado es el que no necesita ver el mundo real. Neo, ciego a la luz, es capaz de percibir la materia en forma de energía. Cuando Smith intenta hacerse con Neo, transformándolo en sí mismo, clonandose a sí mismo dentro de él, como corresponde a todo virus, informático o no, la luz vence a la oscuridad, Neo muere en un acto de dación última, cual Jesucristo.

Y pienso yo: ¿es esto necesario? ¿Tanto rollo tecnológico para acabar en una mera lucha del mal contra el bien? ¿Una lucha de la luz contra la oscuridad, contra el típico supervillano que quiere destruirlo todo? ¿Tanto rollo tecnológico para acabar resolviéndose en el más elevado plano de las energías capaz de ser manipuladas por un semidios, por un "Deus ex machina"? ¿A qué viene el alcanzar ese dominio del mundo real? Bastante imaginación hay que echarle para creer en la capacidad de poder manipular nuestras mentes y en la capacidad de generar una inteligencia artificial que pudiera llegar a dominarnos, como para encima tener que creer en la magia.

Aparte de la infinidad de referencias al cine y a la literatura de ciencia ficción, la Saga Matrix hace innumerables referencias filosóficas, referencias a distintos sistemas y escuelas filosóficas, muchas veces enfrentadas entre sí, lo cual la hace susceptible de múltiples interpretaciones, múltiples significados. Y si bien en un principio los mismos Wachowski se negaron a dar las claves de interpretación de la Saga, alegando que cada cual era libre de interpretarlas a su modo, al final acabaron por hacerlo. Al parecer los hermanos, así como el padre de estos, son seguidores de Ken Wilber, un filósofo norteamericano, cercano a la New Age y al idealismo alemán, cuya tesis ontológica (la de Wilber), a grandes rasgos, es que el universo está compuesto al modo de los fractales, esto es, que las estructuras se repiten en distintos niveles (macrocosmos, mesocosmos, microcosmos...) y que al fin y al cabo el universo es un gigantesco organismo, con conocimiento y todo. En este sentido es en el que se puede interpretar la saga Matrix como un viaje de autoconocimiento del universo a través del Elegido, de Neo, por ello Neo desaparece como ente, se subsume en el todo de la realidad misma. Al respecto puede leerse:

Pero como yo no soy partidario de este tipo de filosofías, no puedo estar de acuerdo con dicha interpretación... Ni con la interpretación, ni con el final de la saga. Las formas en que pueden totalizarse las distintas realidades dependen de las ciencias que se ocupen de ellas, o sea, no podemos decir que el Universo o la Tierra son organismos vivos porque las ciencias que tratan de estas realidades son la Astrofísica y la Geología, no la Biología. Otra cosa es que en nuestra filosofía queramos dar cabida a religiones ancestrales, como el hinduismo y otras teorías peregrinas, pero entonces estaremos ante una filosofía falsa... Sí, por supuesto, siempre desde el punto de vista de mi propia filosofía o, más bien, de la filosofía a la que me adhiero, el materialismo filosófico. De todos modos esto sería una cuestión al margen del argumento.

El problema, a nivel argumental, es que el conflicto planteado en la trama no se resuelve en el nivel de las hipótesis propuestas. Problema del cual adolecen muchas de las novelas y películas de ciencia ficción. Este tipo de literatura y cine plantea una hipótesis: ¿Que sucedería en un futuro más o menos lejano si...? Si pudiéramos viajar a Marte (Crónicas Marcianas), si pudiéramos crear inteligencia artificial (Blade Runner, AI, Matrix), si existieran extraterrestres y entraran en contacto con nosotros (V, La Guerra de los Mundos), si pudiéramos viajar al futuro o al pasado (La Máquina del tiempo, Regreso al Futuro)... Propuesta la hipótesis surge un conflicto: normalmente este tipo de futuribles son distópicos en algún grado, de modo que existe una cierta dominación de unos individuos por otros, de humanos por máquinas, máquinas por humanos, humanos por extraterrestres... Y la trama consistirá en cómo liberarse de dicha dominación.

No obstante, dentro de este género sobresalen aquellas historias que nos hacen pensar acerca de nuestra propia percepción, nuestra misma identidad, el estatuto de la realidad, etc. En este tipo de historias era un maestro Philip K. Dick, autor de las novelas en que se basaron "Blade Runner", "Desafío Total", "Minority Report", "A Scanner Darkly". Y Matrix no es sino un homenaje a la vez que el culmen del género. Matrix nos pone ante un escenario en el que la inteligencia artificial se ha desarrollado al máximo, de modo que nos hace plantearnos cuál es la diferencia entre las máquinas y los humanos. Plantea la posibilidad de que nuestras percepciones puedan ser construidas al margen de los órganos sensoriales, es decir, ser directamente insertados en nuestro cerebro. Y nos sitúa en un conflicto entre las máquinas y los hombres. El problema, como hemos dicho es que la saga termina (si es que ha terminado) con la resolución del conflicto en un plano no planteado de antemano: la posibilidad de manipular la materia real con la mente, trasunto del "Deus ex machina" (por cierto, es muy bueno el artículo de la wikipedia sobre esta expresión).

Ya he dicho que esta es una constante en la ciencia ficción; no en toda, ciertamente. Claros ejemplos tenemos en "La guerra de los mundos", donde los extraterrestres terminan muriendo de gripe; en "Desafío Total", donde Marte recupera su atmósfera gracias a un invento abandonado por los extraterrestres; en "El cortador de cesped", donde la estimulación de la neuronas gracias a las drogas y a los ordenadores le dan poderes telepáticos, telequinésicos y transmigratorios. Existen, no obstante, historias en la que esto no es así; una de las últimas películas que he visto de este género, similar a Matrix en algunos aspectos y a la que muchos frikis consideran superior, es "Dark City": unos extraterrestres son capaces de implantar recuerdos en los humanos y de transformar la realidad a partir de una máquina que potencia sus capacidades telequinéticas; el conflicto surge cuando un humano es capaz de acceder al nivel de los "ocultos" y lograr sus mismos poderes... Bueno, quizá ese logro pudiera considerarse también un "Deus ex machina", pero se sitúa en el comienzo de la acción, no al final. El final es un combate en el plano de los poderes telepáticos y telequinésicos, el mismo en el que se sitúa la acción. Pero, bueno, la verdad es que la peli es un poco mala.

Volviendo a Matrix: ¿cuál sería un final aceptable en consonancia con el resto del guión? Pues si tenemos en cuenta los momentos esenciales de la Reloaded, especialmente la conversación con el Arquitecto y la extensión de los poderes al "mundo real", parando a una máquina, la única explicación posible a ambos casos sería que lo que hasta ahora habíamos considerado el mundo real (el mundo en el que las máquinas tienen sometidos a la mayoría de los humanos y cercados a los humanos resistentes) no fuera sino otra Matrix, otro nivel de realidad virtual, de modo que, entonces sí, cualquier tipo de fenómeno sería posible: la liberación de Neo no sería sino el despertar en ese otro nivel superior. Este final, sin embargo, es susceptible de depararnos múltiples sorpresas, pues entonces, cualquier solución al conflicto planteado en la saga es posible; incluso todo podría haber sido un juego de realidad virtual y la muerte en el mundo virtual es el final del juego en el supuesto mundo real de nivel superior, sin necesidad de auténticas muertes... O todo lo contrario: Neo podría ser un programa que renace cada vez que se recarga el último nivel de la Matrix. Este tipo de solución es el que se plantea en otra de las películas del género, "Nivel 13", y ya se planteó en su momento respecto de Matrix, cuando se estrenó la Reloaded (ver, por ejemplo, Posible interpretación de Reloaded).

Lo cierto es que esta solución tampoco deja de ser un "Deus ex machina", pero al menos es una "machina" cuya existencia se ha ido sugiriendo a lo largo de la trama. De todos modos aún estamos a tiempo de que los Wachowski se enmienden la plana; hay rumores de la existencia de una cuarta entrega, pero sólo rumores. De todos modos no sería de extrañar, pues el final de Revolutions es un poco decepcionante y no termina de cerrar los interrogantes surgidos. Además, todo esto del secretismo, los rumores, la larga espera, etc., contribuirían a dar al estreno una relevancia mucho mayor. El argumento, por cierto, va en la línea de lo aquí sugerido: Matrix 4

domingo, 20 de febrero de 2011

El corazón del guerrero

Siguiendo con nuestra línea de recomendaciones cinematográficas de serie B, esta vez presentamos "El corazón del guerrero".

"El corazón del guerrero" es la primera película de Daniel Monzón (director de "Celda 211"). Fue estrenada en el 2000 y en ella se narran las aventuras de un jugador de rol que entreteje la fantasía con la realidad, cayendo en la profunda zanja de la locura.

Rodada en clave de humor, se trata de una parodia del género de "Espada y Brujería" y muy especialmente de "Conan", lo que vendría a ser un "remake" de Don Quijote. De hecho se dan las figuras principales de la obra de Cervantes: Dulcinea/Aldonza Lorenzo sería Neus Asensi y Sancho Panza sería Javier Allier. Un Don Quijote adaptado a nuestro tiempo que en vez de confundir realidad con fantasía, sufriendo alucinaciones, por ejemplo (aunque alguna sufre, es cierto), básicamente interpreta aquella con las claves de ésta, con las claves de sus sueños, dando como resultado un cuadro clínico más verosímil que el del Quijote, aunque sin pretender ser realista. La clave de esa interpretación de la realidad es el planteamiento de la existencia de dimensiones paralelas, idea propuesta por la ciencia-ficción del siglo XX.

Esta tensión entre fantasía (infancia) y realidad (madurez) propia de la adolescencia y planteada en la película adopta una forma muy concreta que se aleja, creo yo, de los convencionalismos al tratar esta etapa de la vida, como por ejemplo la rebeldía frente al mundo adulto... Bien es cierto que el síntoma del enfrentamiento del adolescente con el mundo adulto suele adoptar la forma de rebeldía, no de locura. Sin embargo, lo importante en la película no es el tipo de resolución del conflicto, sino los términos concretos del mismo.

El conflicto entre la infancia y la madurez, entre fantasía y realidad, se presenta en torno al tema de la amistad. El protagonista tiene unos amigos en la vida real con los que juega al rol, y otros imaginarios que, en el mundo paralelo, le ayudan en sus aventuras; se incluyen entre estos a su amor, Sonja la Roja (personaje de Conan con la cual, por cierto, éste nunca logra mantener relaciones sexuales). Lo interesante, en un principio, cuando se empieza a analizar la película sobre la marcha, mientras se está viendo, es que estos amigos no coinciden, es decir, los amigos imaginarios no son avatares de los reales, aunque sí son avatares de personas del mundo real.


La cuestión estriba en que los amigos del mundo real, probablemente de su infancia, llegados a un punto de madurez en el que tienen que elegir entre ayudar al protagonista siguiéndole la corriente (sus locuras) o "ayudarse" a sí mismos, eligen esta segunda opción y le traicionan; todos, sin excepción, incluso Sonia, prostituta a la que salva de un cliente demasiado violento y cuyo avatar es su amor en el otro universo. Todos sus supuestos amigos reales acaban vendiéndole.

Sin embargo, los avatares reales de sus amigos imaginarios sí luchan por él, arrostrando el peligro, poniéndose en peligro ellos mismos. ¿Por qué? Porque están locos y participan de la locura del protagonista: uno es Santiago Segura, que hace del vidente Carlos Jesús, el otro es Javier Allier, que hace de un Sancho Panza sui generis (el segundo Sancho Panza, aquel que asume las locuras de su señor en ciertos momentos). Este último le ayuda en los momentos de desfallecimiento de la locura del protagonista y le anima a seguir.

Podría entonces considerarse toda la película como una metáfora de la pérdida de la inocencia en la entrada al mundo adulto, como una contaminación de la pureza infantil (la pureza del mundo imaginario ejemplificado en la amistad) por las manchas del mundo adulto (el mundo real).

Evidentemente también viene a decirnos que esa contaminación es necesaria e inevitable, y los que no quieran asumirla, los que quieran permanecer en la fantasía imaginaria, en la infancia, se convertirán en unos inadaptados, unos locos que podrían incluso ser recluidos en función de su peligrosidad.

Está claro que la película, el guión, opta por un tratamiento romántico de la locura, lejos de los verdaderos locos, enfermos mentales que sufren, pero no es la intención de Monzón mostrar de modo realista la locura, sino utilizarla para lo que ya hemos dicho.

Beldar, avatar del protagonista adolescente, roba el corazón a la momia de un guerrero maldito y se contagia de la maldición siendo transportado a nuestro mundo, al mundo real. Esta sería la trama que justifica el título de la película, pero bien podría interpretarse esa maldición como la pérdida del apoyo del compañero en la batalla, la pérdida del que te guarda la espalda, del amigo. Incluso éste podría ser interpretado como el Corazón del otro, el que le permite seguir con vida. Un guerrero sin compañeros no es nada. Y si interpretamos la vida real como una batalla, ninguno de nosotros somos nada sin apoyo, sin amigos ni familia.



martes, 7 de diciembre de 2010

Conocimiento "inútil" (Bertrand Russell, 1932)

Las diversiones de los habitantes de las ciudades modernas tienden a ser cada vez más pasivas y colectivas, y a reducirse a la contemplación inactiva de las habilidosas actividades de otros. Sin duda, tales diversiones son mejores que ninguna, pero no son tan buenas como podrían serlo las de una población que tuviese, debido a la educación, un más amplio campo de intereses intelectuales conectados con el trabajo. Una mejor organización económica, que permitiera a la humanidad beneficiarse de la productividad de las máquinas, conduciría a un muy grande aumento del tiempo libre, pero el mucho tiempo libre tiende a ser tedioso excepto para aquellos que tienen considerables intereses y actividades inteligentes. Para que una población ociosa sea feliz, tiene que ser población educada, y educada con miras al placer intelectual, así como a la utilidad directa del conocimiento técnico.

El elemento cultural en la adquisición de conocimientos, cuando es asimilado con éxito, conforma el carácter de los pensamientos y los deseos de un hombre, haciendo que se relacionen, al menos en parte, con grandes objetivos impersonales y no sólo con asuntos de importancia inmediata para él. Se ha aceptado demasiado a la ligera que, cuando un hombre ha adquirido determinadas capacidades por medio del conocimiento, las usará en forma socialmente beneficiosa. La concepción estrechamente utilitarista de la educación ignora la necesidad de disciplinar los propósitos de un hombre tanto como su práctica técnica. En la naturaleza humana no educada hay un considerable elemento de crueldad, que se muestra de muchas formas, importantes o insignificantes. Los niños en la escuela tienden a ser crueles con un nuevo niño, o con cualquiera cuyas ropas no sean totalmente convencionales. Muchas mujeres (y no pocos hombres) provocan todo el sufrimiento que pueden por medio de la murmuración maliciosa. Los españoles disfrutan con las corridas de toros; los ingleses disfrutan cazando. Los mismos crueles impulsos adquieren formas más serias en la caza de judíos en Alemania y de kulaks en Rusia. Todo imperialismo ofrece campo para tales impulsos, y en la guerra son santificados como la más elevada forma del deber público.


De modo que se debe admitir que gente con un alto nivel de educación es a veces cruel; pero creo que no puede haber duda de que esa gente es cruel mucho menos frecuentemente que aquella cuya mente se ha dejado en barbecho. El bravucón del colegio rara vez es un muchacho cuyo aprovechamiento en los estudios está por sobre el promedio. Cuando tiene lugar un linchamiento, los cabecillas son casi invariablemente hombres muy ignorantes. Esto no es así porque el cultivo de la mente produzca sentimientos humanitarios positivos, aunque puede hacerlo; es más bien porque proporciona otros intereses que el mal trato a los vecinos, y otras fuentes de respeto a la propia personalidad que la afirmación de dominio. Las dos cosas más universalmente deseadas son el poder y la admiración. Los hombres ignorantes, generalmente, no pueden conseguir ninguna de las dos sino por medios brutales que llevan aparejada la adquisición de superioridad física. La cultura proporciona al hombre formas de poder menos dañinas y medios más dignos para hacerse admirar

(Conocimiento Inútil, de Bertrand Russell: http://www.ucm.es/info/bas/utopia/html/russell.htm)

martes, 2 de marzo de 2010

Amor líquido vs. amor sólido

Os transcribo un párrafo de "En brazos de la mujer madura", de Stephen Vizinczey, escrito en 1965. La postmodernidad estaba realizando su advenimiento:

Puesto que el amor es un atisbo sentimental de la eternidad, uno no puede menos que imaginar que el verdadero amor ha de durar siempre. Y cuando se acaba, como se acaba siempre mi amor, no podía sustraerme a un sentimiento de culpabilidad por mi incapacidad de sentir emociones auténticas y perdurables. [...] En esto soy como la mayoría de mis escépticos contemporáneos: puesto que ya no nos reprochamos no ajustarnos a unos preceptos éticos absolutos, nos golpeamos con el palo de la interiorización psicológica. Cuando de amor se trata, rechazamos la distinción entre moral e inmoral a cambio de "verdadero" y "falso". Somos muy aprensivos para condenar nuestras acciones y, en su lugar, condenamos nuestros motivos. Después de liberarnos de un código de comportamiento, nos sometemos a un código de motivación, para conseguir la sensación de vergüenza que nuestros padres adquirían por medios menos sofisticados. Nosotros rechazamos su moral religiosa porque enfrentaba al hombre con sus instintos, lo agobiaba con el peso del remordimiento por unos pecados que, en realidad, eran efecto de leyes naturales. No obstante, todavía estamos haciendo penitencia por la creación: preferimos considerarnos fracasados a renunciar a nuestra fe en que la perfección exista. Nos aferramos a la ilusión del amor eterno negando validez al temporal. Duele menos pensar: "Soy superficial", "Es egocéntrica", "No podíamos comunicarnos", "Era sólo atracción física" que aceptar el simple hecho de que el amor es sentimiento pasajero que acaba por causas ajenas a nuestro control e, incluso, a nuestra personalidad. Pero ¿quién puede tranquilizarse con sus propias reflexiones? No hay argumento que pueda llenar el vacío que deja el sentimiento que ha muerto: recordatorio del vacío terminal, nuestra inconstancia final. Hasta a la vida le somos infieles.



Hacía tiempo que no me encontraba con un texto de estas características: profundo, denso y sobre un tema atractivo y muy actual, las formas del amor, tema que he tratado algunas veces. Antes de nada, analicemos el texto extrayendo las ideas principales:


1.- La idea básica de Vizinczey es que el amor es un sentimiento que acaba, un sentimiento producto de nuestros instintos animales.

2.- Pero según sus contemporáneos sólo el amor eterno sería amor verdadero (mera ilusión para Vizinczey), mientras que los otros amores caducos, amoríos, serían amores falsos.

3.- Esta idea, y todo el texto, se sitúa dentro de un marco existencialista, probablemente kierkegaardiano,  que le proporciona un toque místico, ya que de otra manera el asunto, la idea básica, aparecería como muy descarnada: puesto que somos seres contingentes y, en tanto que conscientes de nuestra contingencia, anhelantes de eternidad, siendo nuestros sentimientos lo más íntimo y cercano a nuestro ser, deseamos que los buenos sentimientos, entre ellos el amor, sean eternos; deseo inútil, puesto que al ser los sentimientos reflejos de nuestro ser, son tan temporales cómo éste.

4.- La caída en los amores falsos produce remordimientos psicológicos a los contemporáneos, sentimientos de culpa.

5.- Pero esa culpabilidad no es sino una rémora, en la época actual (psicologizada), de la culpabilidad tradicional asociada a un código de comportamientos morales desfasado.

Y ahora analicemos estas ideas, exceptuando la tercera, pues no quiero entrar en misticismos ni andar analizando símiles o metáforas.

Me parece de una importancia capital, más allá del tema que nos ocupa (el amor), el marco sociocultural en el que Vizinczey se sitúa (ideas 4 y 5). Vizinczey es ya un claro exponente de la postmodernidad y desde su alcanzada altura, surfeando sobre amor líquido (como dice Zygmunt Bauman), contempla la culminación de la época anterior, la modernidad, en la que todavía viven instalados la mayoría de sus contemporáneos y uno de los farallones que aún quedaban de épocas pretéritas: el amor sólido. La modernidad, que fue sustituyendo técnicas por tecnologías, dioses por conceptos, servidumbres por libertades, terminó por infiltrar dentro del imaginario colectivo la concepción cartesiana del hombre: Descartes y su filosofía de la conciencia, al cabo de  tres siglos y gracias a la Psicología, había triunfado sobre Suárez y demás escolásticos (mucho más realistas y moralistas, aunque teológicamente ideologizados).

Ahora bien, nada cambia de golpe, entre otras cosas porque lo que cambia (las cosas, los comportamientos, las ideas) no es uniforme, está formado por partes que llevan su propio ritmo de cambio. Cambian algunos comportamientos (la gente se separa, se divorcia), pero no cambian otros (nos sentimos culpables si nos separamos). Cambian algunas ideas ("separarse es bueno si, al fin y al cabo, la pareja no se quiere"), pero no cambian otras ("el amor verdadero y bello es el amor eterno"). De este modo sancionamos como buena y positiva una separación pero ello no nos evita sentirnos culpables.

Lo interesante del texto de Vizinczey es que señala precisamente uno de estos cambios: nuestros padres se sentían culpables por no actuar debidamente, es decir, tal y como marcaban los códigos morales (en el caso que nos ocupa, por no permanecer junto a su pareja durante toda la vida). Una vez liberada la gente de este código moral, achacan su sentimiento de culpa (sentimiento que Vizinczey sitúa en el anhelo de eternidad o en la constatación de nuestra contingencia) a su incapacidad para reconocer el "amor verdadero". Lo cual quiere decir que el canon moral sigue vigente, aunque relajado: antes el amor era amor porque vivías con una persona toda la vida, ahora vives toda la vida con ella porque hay amor entre los dos, amor verdadero. Y si el amor se rompe es porque no era verdadero. Ante una situación de este tipo antiguamente se iba al confesor, el cual te recomendaba la forma de actuar, amén de rezar unos padrenuestros y darte una hostia (física o figurada, consagrada o no); luego estaba en uno mismo el seguir sus consejos o no; seguramente no, pero allá cada cual si quería acabar con su alma en el infierno (en el de la culpa o en el de las llamas... O en ambos). Ya no hay flamígeros infiernos, ya no hay confesores con sotana, pero seguimos viviendo en el infierno de la culpa y para librarnos de ella vamos al psicólogo (moderno confesor). Vivimos en una sociedad esquizoide queremos una cosa y su contraria: queremos vivir toda la vida con una persona pero si se cruza otra en nuestro camino ya no queremos vivir con la primera pues se ha acabado el amor; no era amor verdadero.

Analicemos ahora la segunda idea (amor verdadero, amor eterno). Desde Platón, en su conocido diálogo "El Banquete", el Amor es amor eterno, y también desde Platón lo Bello, lo Bueno y lo Verdadero son una y la misma cosa. Y aunque Kant se esforzó por dejar claro que dichas ideas no eran solidarias, sino que pertenecían a disciplinas o discursos inconmensurables entre sí (la Estética, la Moral y las Ciencias), el uso que la Teología había hecho de Platón durante muchos siglos ha calado hondo en el saber popular, probablemente sin darse cuenta de que dicho uso era ideológico: decir que una verdad científica es bella no pasa de ser un adorno sin consecuencias (aunque tampoco nadie diría que es bella la verdad de que tu pareja te engaña); decir que una verdad científica es buena sería cierto si a partir de ella se construyen tecnologías que hacen la vida más llevadera (pues se supone que es bueno hacer la vida más fácil); si tenemos en cuenta que tanto lo bello como lo bueno son constructos sociales podemos entender que lo uno se predique de lo otro y viceversa (al margen de que los cánones morales sean una cosa distinta de los cánones estéticos), pero no podemos decir que lo bueno o lo bello sean verdaderos si por verdad entendemos la adecuación de un discurso a la realidad. El uso que se hace de la Verdad, fuera de las ciencias y de los meta-discursos (discursos acerca de la adecuación de otros discursos a la realidad), es ideológico: el Amor... O, mejor, un amor (en tanto que relación entre dos personas), podrá ser bueno, incluso bello, pero no verdadero o falso (podrán ser verdaderas o falsas las declaraciones sobre ese amor: "te quiero", "te amo", "no te engaño", "ch..."). Si se habla de amor verdadero o falso es porque se está tomando como canon una forma concreta de amor, el "amor para toda la vida" (como canta el Fito). Ahora bien, ¿existe ese tipo de amor, el amor eterno?

Vamos con la idea inicial: "el amor es un sentimiento que acaba, un sentimiento producto de nuestros instintos animales". En realidad se trata de tres ideas, a) los sentimientos proceden de nuestros instintos, b) los sentimientos acaban y c) el amor es un sentimiento; en fin, que el amor es como el hambre, ¿no?

Pues no. Negamos las tres ideas: ni los sentimientos proceden exclusivamente de los instintos, ni tienen por qué acabar y, sobre todo, el amor no es sólo un sentimiento. Observemos que no estamos negando las ideas en su totalidad, sino que estamos matizando. Lo que se dice es verdad, pero no es toda la verdad. El problema es cometer una falacia argumental mediante una sinécdoque de ampliación, es decir, hacer de una parte la totalidad, como hace Vizinczey.

a) Los sentimientos no proceden sólo de nuestros instintos, sino también, y fundamentalmente, de los cánones estéticos y morales, de los usos y costumbres, de las normas, al fin y al cabo. ¿Por qué? Basicamente porque el sentimiento es inseparable del objeto de ese sentimiento, un objeto, en el caso del Hombre, construido socialmente: tenemos hambre, sí, efecto de nuestra condición animal; pero no comeríamos cualquier cosa (la comeríamos si estuviéramos completamente privados de nuestra condición humana, de nuestra dignidad, verdaderamente hambrientos y hay casos que ni aún así; las huelgas de hambre lo demuestran). Tenemos hambre de ciertos alimentos, los vegetarianos no tienen hambre de carne, ni los musulmanes hambre de cerdo, ni nosotros de ratas o perros. El hambre no se reduce, pues, al sentimiento animal. Ni tampoco el amor. Tenemos ganas de follar, sí. Pero tampoco lo haríamos con cualquiera, ¿verdad? Si fuéramos animales nos bastaría cualquier macho o hembra (según gustos).

b) Los sentimientos no tienen por qué ser pasajeros. También es verdad que algunos animales permanecen juntos durante toda la vida, especialmente las aves, pero no los mamíferos ni, entre estos, los primates (y si hablamos de la condición animal del hombre no podemos olvidar nuestra filogénesis, es decir, no basta con compararnos con cualquier animal, hemos de hacerlo con los primates). Otro contraejemplo de amor es el que se tiene por los retoños: una hembra animal "ama a" (cuida de) sus retoños hasta que se hacen adultos, después los echa de su nido o guarida y no los reconoce como propios; una madre humana ama a sus hijos hasta el día de su muerte, aunque también haya de echarlos a los 40 años por el bien de estos. O sea, diferencias entre los sentimientos humanos y animales existen; no decimos que los unos no provengan de los otros, lo que decimos es que no son lo mismo, que hay algo más: la construcción social del objeto y de la forma de esos sentimientos, lo cual hace que varíen de unas sociedades a otras y de unas épocas a otras dentro de la misma sociedad.

c) El amor no es sólo un sentimiento. Precisamente la idea contraria es la que vertebra toda la falacia argumental del texto de Vizinczey y de la mayor parte de nuestros contemporáneos cuando del amor hablan. Y es que, efectivamente, si el amor fuera exclusivamente un sentimiento pudiera ser que fuera pasajero, temporal, efecto de no se sabe qué feromonas, por ejemplo. Pero no lo es. El amor es ante todo una idea, no un concepto, pues cualquier cosa lleva un concepto asociado. Se trata de una idea en el sentido kantiano de término: una idea práctica. Las ideas, al contrario que los conceptos, no resultan del todo claras, pues están formadas o cruzadas por múltiples conceptos no necesariamente solidarios entre sí, sino a veces en oposición, en crítica constante de unos por otros; de ahí que sean las ideas el campo temático de la Filosofía y de ahí, también, que el que tenga las ideas claras o es un ignorante o es un demagogo.

Por lo pronto, si del amor en tanto que sentimiento hablamos nos encontramos con, al menos, tres conceptos señalados magistralmente por Manolo Escobar en su canción "Tres Amores":

Tres amores tengo,
uno, dos y tres.
Todos diferentes,
todos de mujer.
Y si uno me llama,
los otros también.
Uno el de mi madre,
otro es el de mi mujer,
y otro el de mi hija.
¡Qué suerte tener los tres!

( http://www.manoloescobar.net/cancionero/T/tresamores.htm < con vídeo)

Amor filial, amor materno y amor conyugal. Y no digamos ya si empezamos a forzar términos como "amistad". Ahora bien, de lo que tampoco nos podemos olvidar es del concepto católico del amor: "amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo". Como bien podemos observar cada uno de estos tipos de amor se distingue de los otros por el objeto amado, y cada uno de ellos conlleva un tipo de comportamiento, una serie de normas, para con el objeto amado, aunque algunos no sepan o puedan distinguirlos convirtiéndose en "monstruos", "degenerados", etc.: padres incestuosos, curas católicos de Irlanda, pederastas en general, el párroco de Toledo que ofrecía su amor por Internet... El comportamiento con el objeto amado define el tipo de amor de que se trate. ¿Lo define o lo constituye? He aquí el quid de la cuestión. Estamos muy acostumbrados a pensar en términos psicológico-mecanicistas: para realizar una acción necesitamos una motivación, un sentimiento. Como decíamos al principio, se trata de la herencia cartesiana potenciada por el auge de la Psicología en el siglo XX. Pero, ¿y si no fuera así? ¿Y si la motivación o el sentimiento fuesen, no previos, sino concomitantes a la acción? ¿Acaso no nos acostamos sin tener sueño y una vez en la cama nos dormimos? ¿No nos ponemos a comer sin hambre y terminamos por devorar todo sobre la mesa? ¿No nos empiezan a rascar y termina por picarnos todo el cuerpo?

"Obras son amores..." El amor es, fundamentalmente, acción. ¿Qué sentido tiene si no el amor a Dios y el amor al prójimo? Dios o el prójimo son entes abstractos que no se conocen. El prójimo todavía puede concretarse en una persona física, próxima. Pero no Dios. De aquí tantas críticas que se le han hecho al cristianismo: ¿cómo puede amarse algo que no se ve?. Y de aquí también el hecho de que algunos que pretendían amar a Dios con sentimientos, expresar esos sentimientos, como Santa Teresa o San Juan de la Cruz, fuesen perseguidos como herejes. A Dios se le ama obedeciéndole, siguiendo sus normas, comportándose "como es debido" y, sobre todo, comportándose con el prójimo porque  "Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo" (Mt. 25, 40).

Ahora bien, para realizar una acción es necesaria la voluntad y para realizar una serie de acciones congruentes a lo largo de un período de tiempo (incluso una vida entera) es necesario el compromiso y la disciplina. No negamos el hecho de que si existe una motivación para realizar estas acciones todo será mucho más fácil, lo que decimos es que la realización de dichas acciones también produce la motivación y, lo que es más importante, la mantiene viva. Si del amor tratamos, lo podemos comparar con un fuego que ha de alimentarse, ha de alimentarse con acciones para que no se apague. La leña se convierte en fuego, la materia en energía. ¿Acaso no son lo mismo? Einstein lo demostró. Metáforas aparte, las acciones se transforman en sentimientos, y no sólo en los sentimientos de la otra persona hacia nosotros, sino en los nuestros hacia ella. Y el Amor en tanto que idea kantiana, quizá no muy clara (como se puede observar a lo largo de todo este rollo), en tanto que conjunto de sentimientos, normas y conceptos debe ser también aquello que nos guíe en el comportamiento, en la praxis, con las personas amadas. El amor es, sobre todo, compromiso; compromiso voluntario o, más bien, voluntarioso.

¿Podemos dejar de amar a una persona? Sí, pero ello se debe a que previamente hemos decidido dejar de amarla... Quizá debiéramos distinguir entre el amor y el enamoramiento, como hacía Ortega (en "Estudios sobre el amor"), para quien el enamoramiento era una cuestión fisiológica, natural y temporal, mientras que el amor era una cuestión cultural; pero entonces bastaría con cambiar "amor" por "enamoramiento" en el texto de Vizinczey y se acabaría la discusión... O no se acabaría, pero sería otra muy distinta. Aún así, si distinguiéramos estos dos conceptos, cabría preguntarse, en los casos concretos, hasta dónde llega uno y dónde empieza el otro: ¿puede haber amor sin enamoramiento? ¿enamoramiento sin amor? ¿podemos seguir amando a alguien sin estar enamorados? Las respuestas son difíciles sobre todo porque tampoco existe un concepto claro de lo que es el enamoramiento: ¿es un todo o nada? ¿O, por el contrario, se puede estar enamorado un poco?

En realidad creo que las respuestas que demos no son tan importantes porque aquí lo que se está jugando es otra cuestión, o más bien, dos cuestiones: por un lado, dónde ponemos el peso del amor, en la voluntad y el compromiso o en el sentimiento (que puede ser voluble, ya sea natural o cultural); y por otro (relacionado con lo anterior), teniendo en cuenta que el amor es una fuerza que une, que mantiene unidas a las personas, ¿qué tipo de sociedad queremos? ¿qué tipo de pareja? ¿qué tipo de familia? (aunque esto suene muy carca). Si las uniones homosexuales o heterosexuales, pero más allá de la pareja, la de los padres con los hijos, las de los hermanos entre sí, son producto del amor, ¿no sería mejor apostar por un amor sólido, basado en el compromiso, que en un amor líquido, basado en unas sensaciones que pueden resultar, a la postre, pasajeras y que acaban por destruir las relaciones construidas al pretender fluir, regando cuantas más flores mejor?

No estamos abogando por una recuperación de todos los valores tradicionales sobre el particular; no estamos abogando por un tipo de familia en concreto, ni por una opción sexual determinada, ni por unos ritos que escenifican la unión a la par que reunen puntualmente al resto de familiares y amigos. Todo esto son aderezos, notas accidentales de lo esencial: el compromiso entre dos personas, la ayuda mutua y la voluntad de hacer feliz a la otra parte... Muchas veces al margen de los sentimientos. Es evidente que el compromiso ha de ser mutuo (salvo, quizá, el amor por los hijos, los cuales habrán de responder el día de mañana), pues tampoco queremos volver a tiempos en los que el sacrificio y el compromiso, el amor sólido, se llevaba por sólo una de las partes, normalmente la mujer, mientras que la otra disfrutaba de un amor líquido con amantes, prostitutas, etc. (Alberto Matamoros:
http://www.filosofia.net/materiales/resenas/r_1_amor_matamoros.html). 


El compromiso en el matrimonio era un valor tradicional; puede que no siempre se cumpliera y se caía, entonces, en la hipocresía. La tradición, así como la revolución, tiene sus cosas positivas y sus cosas negativas; su recuperación puede no ser posible, pero es que puede que ni sea deseable. Pero quizá sí se puedan recuperar algunas de sus partes e ir con ellas sanando las heridas, entablillando las fracturas, de la revolución sexual y de la ampliación del campo de batalla económico al campo de las relaciones sentimentales (Houellebecq:
http://www.filosofia.net/materiales/num/num18/F-LS-Hou.htm, http://www.filosofia.net/materiales/num/num18/Res-Plataforma.htm)

Mientras tanto tendremos que seguir leyendo preciosos textos que encierran tantas mentiras y actitudes peligrosas, como verdades y actitudes positivas; leed éste de Amelie Nothomb:

La vida está jalonada de pruebas duras como piedras; una mecánica de fluidos permite, sin embargo, circular por ella. La Biblia, ese soberbio tratado de moral para uso de las piedras, de las rocas y de los menhires, nos enseña admirables y petrificados principios [...] y los que los siguen son esos seres inquebrantables y de una sola pieza, queridos por todos. Por el contrario hay criaturas incapaces de mantener esas actitudes graníticas y que, para avanzar, solo pueden deslizarse, infiltrarse, dar un rodeo. Cuando te preguntan si quieres o no casarte con fulano, se sugieren noviazgos, nupcias líquidas. Los patriarcas pedregosos ven en ellas a traidores o embusteros, cuando en realidad son sinceros a la manera del agua. [...] Esos seres fluidos atraen el desprecio de las masas cuando sus ondulantes actitudes han permitido evitar tantos conflictos. Los grandes bloques de virtuosas piedras, sobre los que nadie repara en elogios, están en el origen de todas las guerras.